La sensación de cierre siempre nos lleva por un viaje mental difícil, cuando la comparamos con: final para siempre, desaparición, ruptura, es decir con conceptos definitivos , sin detenernos en que el cerrar algo desde la conciencia y el amor, no es más que ratificar su importancia, honrar su fuerza y limpiar cualquier herida abierta que haya quedado escondida. Nos duela o no, la vida se compone de finales y comienzos, de cierres y aperturas; cuando el miedo nos aprieta el pecho, escapamos como delincuentes comunes, por la puerta de atrás, quedando condenados a la repetición de éstas desagradables experiencias, y perdidos en lo que parece un laberinto de trampas. Cuando asumimos, no ausentes de dolor, la necesidad de cerrar algo (Relaciones, trabajos, sociedades, negocios, o cosas cotidianas), nos fastidia y muchas veces, hasta lo encontramos inútil, por eso lo postergamos, nos hacemos los locos, o simplemente lo hacemos rogando no dar la cara....
He oído en estos años cientos de historias de familias, lo que me permite concluir que en ese vínculo eterno, sanguíneo y sistémico, está mucho de lo que somos, resolveremos y trascenderemos. Hay quienes se sienten en la familia equivocada, esta postura pertenece a una adolescencia familiar, llámese a un vínculo no ejercido, y menos profundizado. Siento anunciarles que tal equivocación no es posible: siempre tenemos la familia que nos muestra cosas que somos incapaces de mirar en nosotros, y la que nos lleva a las importantes reflexiones; aunque reconozco que no es fácil de digerir, aceptar y menos ejercer nuestra parte con responsabilidad. Uno de los problemas con la familia se presenta en nuestra imposibilidad de renunciar a ella. Nunca he sabido de ex madres, ex hijos, o de ex tíos; ellos son y serán, te guste o no. Y no hay nada más duro que intentar romper vínculos, pues éstos te siguen a donde vayas y te aparecen por doquier. Quizás, fue en la familia donde, dócil...